jueves, 29 de mayo de 2008

Los códigos de la Biblia y otros videos interesantes






www.Tu.tv
VIDA DESPUES DE LA MUERTE









El codigo de la Biblia (ATORAH) - Starmedia PAN
El codigo de la Biblia (ATORAH) - Starmedia PAN









en busca de la atlantida año cero - Starmedia PAN
en busca de la atlantida año cero - Starmedia PAN

en busca de la atlantida año cero - Starmedia PAN
documental sobre la atlantida esta genial!!!
Palabras clave:documental ciencia





www.Tu.tv

e 2007









La civilización de la Atlántida


Cuando uno estudia los Registros Akashicos de la Naturaleza, ve en ellos especie de “películas vivientes”, a modo de “películas vivientes”, toda la Historia de la Tierra y de sus razas. Los Sabios que han podido estudiar los Registros Akashicos, saben que la Atlántida fue una realidad, que fue un enorme continente que se extendía desde el sur hacia el norte.

Este gigantesco continente sirvió de escenario para la Raza que nos precedió en el curso de la Historia. Me refiero a la Gran Raza de los Atlantes, que era una Raza de Gigantes (por eso es que la leyenda de los siglos nos habla del “Gigante Briareo”, “el de los cien brazos”), una Raza de verdaderos Cíclopes.

Tal raza llegó a tener una civilización poderosa, millones de veces más poderosa que la nuestra: En materia de trasplantes, trasplantaban vísceras de toda especie: Hígados, riñones, corazón, y lograban hasta el trasplante de cerebros (¡eso fue formidable!).

En el campo de la Física Nuclear, consiguieron el alumbrado atómico en forma masiva. Todas la ciudades usaban el alumbrado atómico: Los campos estaban iluminados por Energía Nuclear, sus casas por Energía Atómica.

Dentro del terreno de la Mecánica, puedo asegurarles que sus automóviles no sólo eran anfibios, sino que podían también volar por los aires y eran propulsados por Energía Nuclear. Extraían la energía, no solamente del Uranio y del Radio, sino de muchos otros metales.

En materia de navegación aérea, tuvieron naves más poderosas que las actuales: Verdaderos barcos voladores, o “buques-volantes”, propulsados por Energía Nuclear.

Viajes a la Luna, los hicieron. Tuvieron cohetes atómicos sorprendentes, con los que viajaban a la Luna, y no solamente descendían en la Luna aquellos astronautas: Descendían también en cualquier planeta del Sistema Solar.

En cuestiones de Anatomía y de Biología, hicieron progresos que ni remotamente sospechamos. Los sabios Atlantes sabían manejar los principios vitales, contenidos en las glándulas endocrinas.

No ignoraban, los sabios Atlantes, que las vibraciones del Eter, o mejor dijéramos los Tattwas, entran en las glándulas endocrinas (o pequeños microlaboratorios que producen hormonas), y jamás vuelven a salir de allí porque se transforman en hormonas; eso no lo ignoraban jamás los sabios Atlantes.

Sabían manejar esos Tattwas o Vibraciones del Eter Universal. Cuando hacían un trasplante de glándulas a Ketabel, lo hacían conjuntamente con el manejo de los Tattwas, Manipulaban las vibraciones del eter o principios de la vida.

Existía una Universidad Atlante maravillosa. Quiero referirme, en forma enfática, a la Sociedad Akaldana, una verdadera Universidad de sabios. Estos estudiaron la “Ley del Eterno Heptaparaparshinock” (la Ley del Siete) a la maravilla; aprendieron a concentrar los rayos solares para hacerlos penetrar en determinadas cámaras, sabían transformar los Siete Colores del Prisma Solar, es decir, sacaban la “Positiva” o “Diapositiva” de los rayos del Prisma Solar.

Una cosa es ver los Siete Colores Prismáticos, y otra cosa es transformarlos en forma positiva, sacarles la “positiva”.
Los científicos modernos han estudiado los siete colores fundamentales del Espectro Solar, pero no les han sacado la “diapositiva” a esos siete colores. Los Sabios Atlantes sabían sacarle la “positiva real” a los siete colores del Prisma Solar, con esa “positiva” de los siete colores, realizaban verdaderos prodigios.

Recuerdo, al efecto, el caso de dos sabios chinos que hicieron experimentos (también al estilo Atlante) con los siete colores del Espectro Solar. Sacando la “positiva”, por ejemplo, de los siete colores, pusieron por ejemplo, opio, ante un rayo coloreado y entonces vieron como el opio se transformaba en otra sustancia.

Pusieron un pedazo de bambú, humedecido en determinada substancia ante un color azul, por ejemplo (positivo, no negativo del espectro), y se vio cómo ese bambú se teñía firmemente con el azul.

Se hizo pasar, por ejemplo, el sonido (tales notas, por ejemplo: La nota Do, Re, o Mi), en combinación con determinado color, y se vio cómo la nota alteraba el color, le daba otro color completamente diferente.

Se usaron los siete rayos, en su forma positiva, para realizar prodigios en el Continente Atlante; se estudió a fondo la Ley del Eterno Heptaparaparshinock.

Un Sabio, que usaba leche de cabra mezclada con resina de pino sobre una placa de mármol, vio cómo al descomponerse aquélla leche con la resina, formaba siete capas distintas, le indujo (en la Atlántida) a estudiar la Ley del Eterno Heptaparaparshinock, la Ley del Siete.

Los Atlantes, pues, consiguieron hacer verdaderas maravillas en el terreno de la ciencia. eran científicos y eran magos a la vez: Creaban un robot y a ese robot lo dotaban de un Principio Inteligente, de un elmental vegetal o animal que hacía las veces de “Alma” o “Espíritu” del robot. De manera que aquellos robots se convirtieron en verdaderas criaturas vivientes que servían a sus amos, a sus señores.

Esa Raza Atlante existió antes de que existiera la actual raza humana. Tuvieron enormes ciudades, pero desgraciadamente degeneraron, como dije: Crearon la bomba atómica y aún armas más mortíferas, y en la guerra se devastaron ciudades enteras, múltiples ciudades se convirtieron en un holocausto, o en holocaustos atómicos.

En la decadencia de la Raza Atlante, sucedieron cosas horribles: La humanidad degeneró (en los vicios, por cierto), en el homosexualismo, en el lesbianismo, en las drogas, etc., etc., etc. Se abusa de todo, ya en el tiempo de la degeneración, y obviamente tenía que ser destruida esa raza. ¿Que tuvo siete subrazas? Nadie lo puede negar, pero al fin degeneró.

Los sabios de la Sociedad Akaldana hicieron experimentos notables; fueron los primeros que usaron la esfinge, que colocaron frente a la Universidad. Mucho más tarde, en el tiempo, cuando los Sabios de la Sociedad Akaldana comprendieron que una gran catástrofe se acercaba, emigraron a un pequeño continente que se llamaba “Grabonci” (me refiero al Continente Africano), que en principio era pequeño; más tarde, nuevas tierras que emergieron del fondo de los mares hicieron grande al Continente de Grabonci (hoy África).

Los miembros de la Sociedad Akaldana se situaron, al principio, hacia el sur del Continente Africano; después emigraron hacia “Cariona” (hoy Cairo). En las tierras de Nívea, del Nilo, o de Egipto, Y allí establecieron su famosa Universidad y la Esfinge (frente a la misma).

Las garras del león de la Esfinge, representan el Fuego; la cabeza de la Esfinge, representa el Agua; las patas de toro de la Esfinge, representan al Elemento Tierra; las alas de la Esfinge, representan el Elemento Aire.

Cuatro son las virtudes que se necesitan para poder llegar uno a la Autorrealización Íntima del Ser: Hay que tener el valor del León, la inteligencia del Hombre, las alas del Espíritu y la tenacidad del Toro; sólo así es posible llegar a la Autorrealización Íntima del Ser...

La Sociedad Akaldana en Cairona (hoy El Cairo), estableció un Templo de Astrología. Entonces se estudiaban los Astros, no con telescopios, como se hace hoy en día, sino con el sexto sentido.

Cuando se examinan las Pirámides (sobre todo la Gran Pirámide), se ven, a modo de “tubos”, ciertos canales que van desde el fondo, desde la profundidad de una cripta subterránea hacia arriba, hacia la parte superior de la Pirámide. Mucho se ha pensado o conjeturado sobre tales “canales”, pero esos eran telescopios, y el observatorio no estaba arriba, sino abajo, en el fondo mismo de la cripta.

Allí se ponía un recipiente con agua; en determinada fecha se sabía que tal astro sería visible, y ciertamente se reflejaba en el agua. Los Adeptos de la Astrología observaban, en el agua, al astro en cuestión, no solamente con las facultades físicas, sino psíquicas. En vez de mirar hacia arriba, miraban hacia abajo, hacia el agua, y allí en el agua, con el sexto sentido, estudiaban los astros.

Los hermanos de la Sociedad Akaldana, los Grandes Sabios, eran Astrólogos muy Sabios: Nacía un niño, y de inmediato le levantaban su horóscopo. No horóscopos al estilo moderno, no horóscopos meramente convencionales y cotizados, no; aquello era muy distinto: Los sabios Astrólogos miraban los astros directamente. Con procedimientos que hoy se ignoran, podían leer el horóscopo de los niños. Jamás fallaban en sus profecías ni en sus cálculos.

A los niños se les casaba en Cairona desde recién nacidos; se sabia cuál iba a ser su esposa y se les desposaba. No quiere decir que, por tal motivo, fueran a vivir juntos desde un principio, pues eso sería absurdo, pero ya sabía la niña recién nacida, cuál iba a ser su marido, y el varón, a su tiempo y a su hora, era informado de quién iba a ser su mujer. Cumplida la mayoría de edad, se les unía en matrimonio.

Los ciudadanos se orientaban, con precisión matemática bajo la dirección de aquéllos Astrólogos, en su profesión, en su oficio, en su ocupación. Sabían ellos muy bien para qué había nacido cada ciudadano, para qué servía cada hombre, pues todo hombre sirve para algo. Lo importante es saber para qué sirve, y estos Sabios Astrólogos sabían para qué servía cada criatura que nacía, y nunca fallaban, ¡eran Sabios de la Sociedad Akaldana!

Ellos salieron de la Atlántida, antes de que los terremotos y maremotos hicieran estremecer aquél continente. Salieron a tiempo, pues sabían demasiado del fin que se acercaba. Y claro, cuando vino la revolución de los ejes de la Tierra, cuando los polos se convirtieron en ecuador, cuando el ecuador se convirtió en polos, cuando los mares se desplazaron y la Atlántida se resquebrajaba para sumergirse en el fondo del tenebroso océano, los Atlantes, incuestionablemente, ya habían sido advertidos.

Fue entonces cuando las multitudes, espléndidamente vestidas, se reunieron en los Templos (uno de ellos fue el Templo de Ra-Mu). Enjoyadas las mujeres y los hombres espléndidamente vestidos, clamaban diciendo:

– “¡Ra-Mu sálvanos!”.
Al fin, apareció Ra-Mu en el Altar. Las multitudes lloraban pidiéndole:
– “¡Sálvanos!”.
Ra-Mu les contestó:

– “Vosotros pereceréis, con vuestra mujeres y con vuestros hijos, con vuestros bienes y con vuestros esclavos; ya os lo había advertido. ¿A qué viene esta súplica? Y así como todos ustedes morirán, así también vendrá una nueva civilización que se levantará en tierras nuevas (refiriéndose a nuestra Raza Aria), y si ellos proceden como ustedes han procedido, perecerán también. Es necesario saber que es más indispensable dar que recibir, y saber dar lo que se recibe”.

Bueno, de nada sirvieron las palabras de Ra-Mu. Cuentan que el humo y las llamas ahogaron sus últimas palabras; se hundió la Atlántida, con todos sus millones de habitantes.

Hoy yacen palacios enteros, allá, en el fondo del océano, y sirven de habitáculo a las focas y a los peces; ciudades enteras se hallan sumergidas en el fondo del océano Atlántico. Pereció ese gigantesco continente, más grande que toda América junta, desde el Canadá hasta la Argentina y Chile. ¡Enorme continente, con una poderosa civilización!

Pero los Atlantes, con toda su poderosa civilización, a su vez no descienden del Continente Atlante. Los Atlantes, con toda su civilización, fue grandiosa, pero los Atlantes no descienden de Atlántida, descienden de Lemuria."

martes, 27 de mayo de 2008

RELATOS

Viaje desde el presente al pasado , por Antonio Blanco Rodríguez.

Las nueve serían de aquel día 24 de mayo de 2007, cuando, Francisco y Antonio, salieron de la casa paterna de Mones, dispuestos a recorrer una aventura, digna de ser recordada en los tiempos venideros.
La mañana apareció brillante, soleada y radiante.
Con el coche, de gran cilindrada, de Francisco, cruzamos el pueblo, pasamos por Os Barredos, O Rouso, arroyo de Alhama y alto de Campelo. Aquí nos desviamos por la carretera que conduce a Santaolaia´

Desde a Rectoría, el itinerario es muy pintoresco y presenta cerradísimas curvas .La carretera asciende serpenteando, a veces, entre frondosos pinares, a veces, entre montes poblados de urces, carqueixas, queirugas y carpazos. El coche, conducido magistralmente por Francisco, sube, lentamente, por la estrecha carretera, para poder contemplar, así, tanta maravilla.

En O Couto, la vista es aérea y magnifica. Desde aquí, se domina todo el valle de A Rúa y Petín, por cuyo fondo corre el río Sil que reposa en el embalse de San Martín que, desde aquí, luce, allá a bajo, plateado, como un cristal. Desde este lugar, también, se disfruta de amplísimas perspectivas y lejanos horizontes y de los pequeños y típicos pueblos serranos esparcidos por las faldas de las montañas y los valles, que desde aquí se divisan.

Abro un poco la ventana del coche; el sol entra a raudales por el cristal, a borbotones lo hace la naturaleza y un hilo de viento que tiene un frescor de hierbas aromáticas. Respirar esta pequeña brisa cargada de ligeros perfumes que pasa sobre la piel de la cara de una manera tan tierna y suave, esta pequeña brisa en la que flotan ingrávidos perfumes de la tierra, de los arbustos floridos y de los pinos, es una de las cosas más finas y agradables de que se puede disfrutar.

Llegados O Altos das Seixas, dejamos el coche. De aquí, sale una pista forestal que, pasando por Os Chaos, Cabeza do Pao, Campelños, Pradeira das Cuatro Puntas. O Pradiño y Pena Forcada, conduce hasta A Portela do Balado, en la carretera que va de O Barco hasta a Veiga


Caminando por la pista forestal

Por la faz de la ancha y espaciosa montaña, empezamos a caminar sobre la árida y polvorienta pista forestal que corre muy cerca del antiguo, y ya poco conocido, camino de carros. El camino está desierto: nadie sube ni baja por él. Del monte nos llega un vasto y dilatado silencio. Allí reina la eterna soledad y el eterno silencio: todo era apacible, ligero y aéreo. La montaña, que desde la lejanía presenta tonalidades azulado- verdosas está crecida. Con sus aires puros, sus efluvios vegetales, su olor a tierra, su vegetación balsámica de urces, carqueixas y queirugas, que se mecen suavemente, a la ligera brisa de la mañana, olía, casi marea respirarla, con un olor profundo, penetrante, casi hiriente. ¡ Qué vello es el campo de esta vendita tierra nuestra!.







Francisco contempla el paisaje

Francisco, mi hermano, hombre, soñador, prudente, excelente sentido y no escasa perspicacia, con una luminosa inteligencia y una tenacidad admirable, con su traje y zapatillas de deporte, más que caminar, por aquella pista, corría como un galgo o como un conejo perseguido. Yo, en cambio, con mi vestimenta ordinaria, metido en carnes y años, arrastraba los pies que me pesaban como el plomo; pero no me falta una voluntad de hierro, capaz de mover montañas con tal de conquistar el objetivo fijado: llegar al prado de Filgueiras.

Francisco no se cansaba de sacar fotos. Quería capturar, con su cámara, no sólo lo físico de aquel maravilloso escenario, sino que se afanaba por captar el espíritu, el alma, el sentido profundo de aquellos parajes.

















Francisco saca fotografías

Yo también sacaba fotos, pero, en aquella hora y en aquel lugar, mi mente era un torbellino. Pensamientos, sentimientos y recuerdos de mi infancia vividos allí, que parecían dormir el sueño de la eternidad, acudían vivos a mi memoria , como un ciclón imposible de contener. El pasado se me hacía presente con tal fuerza, viveza y frescura que parecía auténtico presente. Supongo que mi hermano vivía una experiencia semejante. Y es que por estos parajes , en mi infancia, fui pastor del rebaño comunal y hasta, en plena cumbre de la montaña, en compañía de otras pastoras, sentí los primeros amores adolescentes; viajando por estos caminos, de día y de noche, dormido, unas veces, tiritando de frío o abrasado por el calor, otras, fui con mi padre y hermano mayor a por urces y torgos a los montes de Santaolaia; en Os Chaos rozamos queirugas, carqueixas y carpazos para el cubil del ganado; por aquí transitábamos con los carros cargados de hierba del prado de Figueiras o de torgos y urces. También otros vecinos iban con sus carros por torgos y urces. La caravana de carros, cargados de leña, cantaban con una música casi divina que se difundía por aquellos montes y vaguadas hasta llegar al pueblo Yo estaba fascinado, viviendo una agradable experiencia.

Mi hermano, Francisco y yo, decidimos hacer un alto en el camino para sacar fotografías y para contemplar el panorama. Toda la montaña estaba cubierta de urces, pinos, queirugas y carqueixas. Experimentamos las mismas vistas, los mismos perfumes, las mismas brisas, la misma paz y silencio que ya habíamos vivido anteriormente.

Unas grandes masas arbóreas de elegante pompa destacaban en el paisaje: eran los abedules, álamos y cerezos de Fonte Salgueira y A Cafiel, lugares donde antaño abrevaban, en sus fuentes de frescas aguas , los rebaños y los pastores que los cuidábamos
. Hacia el este, en el horizonte, contemplamos las antenas de televisión de O Mouzón que se elevaban al cielo azulado. Hasta aquí llegábamos con los rebaños para recoger y comer los arándanos; debajo mismo de nuestros pies, por las mismas entrañas de la tierra, circula el agua que desde el río Jares ( Xares), un canal transporta hasta el Sil, a la altura de Valencia; al sur, las pistas forestales y cortafuegos para, si fuera el caso, luchar contra el fuego y evitar así, la destrucción de la repoblación forestal realizada en años pasados. Mi hermano comenta que, hace poco tiempo, subió, él solo, por el cortafuegos que teníamos delante hasta la Fraga Cantariña.


Francisco en la “ Pradeira das Cuatro Puntas”

Llegamos al lugar llamado “ Pradeira das Cuatro Puntas”,uno de los lugares más intensamente bellos, completamente cubierto de urces frescas y frondosos pinares. Aquí hay una encrucijada de caminos: Uno va hacía Correxais y O Barco; otro, hacia Pena Forcada; éste, hacia Mones; aquél, hacia Santaolaia.



Vista desde a “ Pradeira Das Cuatro Puntas”

Hacia la vertiente sur, en lontananza, se contempla el laberinto de montañas, de un perfil suavísimo, tocadas por un azul verdoso amoratado con infinitos matices, que se extiende hasta Peña Trevinca, más allá de A Veiga. Más cerca, en el fondo del verde monte, se observa el pueblo de Santaolaia.

Si miramos a la vertiente norte, la fosa de Valdeorras se presenta profunda y majestuosa . Si miramos hacia el cielo azul, observamos las águilas y gavilanes que reinan , planean y señorean los cielos de estos parajes.

Aquí, en este monte, donde reina la paz y el eterno silencio, el aire me parecía más puro y el cielo más azul . Yo pisaba con más fuerza y respiraba con más libertad.

Este escenario me invitaba a elevar un canto de alabanza, al cielo, a la montaña, a las rocas sin vida y a gozar con plenitud de la libertad y de la vida, disfrutar de la aventura que estábamos viviendo. En este entorno embalsamado, el alma, libre, se siente más cerca del cielo y se remonta airosa hasta un reino lleno de luz, donde sólo reina el amor.

Frondosos pinares cerca de Filgueiras

Finalmente, decidimos bajar al prado de Filgueiras; el camino estaba bastante transitable; al pasar por un frondoso pinar, un enjambre de de molestas moscas nos mortificaba. Por fin, llegamos al prado de Filgueiras y, al contemplarlo, una tierna y dulce congoja me subía del pecho y me oprimía suavemente la garganta.


Antonio en el prado de Filgueiras

No era para menos: 50 años había estado añorando volver a aquel prado en el que viví sucesos muy relevantes en mi vida juvenil y, ahora, por fin, estaba allí.

Una tromba de pensamientos tumultuosos, que pasaban por mi cabeza cono nube de tronada, traían a mi memoria lo que fue, aquí, mi vida intensa en el pasado. La alegría me inundaba el corazón aquella mañana de aquel fresco día 24 de agosto.

¡ Qué sensación , qué maravilla! ¡ Qué fascinación embargaba mi alma!

Absorto en estos pensamientos que dormían el sueño de la eternidad en mi subconsciente, activé los archivos de mi memoria, los afloré a la superficie y, entonces, recordé los duros días de trabajo de labranza y “ seitura”, siega del centeno, de A Buraca y otras muchas tierras que teníamos en el entorno; las múltiples veces que a la sombra de un “escambrueiro”, espino albar, almorzamos en tiempos de “ seitura” para mitigar, un poco, un sol de justicia que, a esas horas, literalmente abrasaba; las infinitas veces que bebí el agua fresca como el hielo del manantial de la poza del prado;


Junto a la poza del prado de Filgueiras

las innumerables veces que pastoreé allí el ganado; el suceso vivido con un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara cabreada que por un milagro del cielo no llegó a cornearme y acabar con mi vida; el accidente que tuve en el prado rozando estrado, cortándome dos dedos de la mano izquierda hasta dañar los huesos, y cuyas señales, bien definidas, las llevo hasta la sepultura; y tantos otros sucesos que relato en mi libro
“ Toño”

.
Francisco saca fotos en la poza del prado de Filgueiras

Mi hermano Francisco y yo, no nos cansábamos de sacar fotografías: del prado, de los entornos, de la poza, poblada de pequeñas hierbas acuáticas y semillena de aguas puras en las que se reflejaba el cielo azul con una nitidez extraordinaria y donde los renacuajos vivían en plena libertad. Queríamos llevar con nosotros lo físico de aquel lugar y hasta el espíritu del prado y de nuestras vivencias allí encarnadas.

El reloj corría y corría, mucho más de lo que deseábamos, ¿ porqué no se pararía? había que despedirse, no había otro remedio. Era una despedida, quizás, para siempre, una despedida dolorosa, un adiós, quizás, hasta la eternidad.
Francisco inmortalizó esta despedida con la cámara de video.

El regreso fue más suave y aunque yo estaba cansado, me encontraba satisfecho en lo más profundo de mi vanidad: después de 50 años, había vuelto al prado añorado y lo había hecho con dignidad.
TOÑO ENFERMO

En los años cuarenta del pasado siglo, la natalidad, en España, era elevada. Normalmente, los matrimonios tenían, 4, 5, 6 y hasta más hijos. Lo cual no significa que todos vivieran durante muchos años. En los primeros años de la vida, un buen porcentaje de ellos, pronto dejaban esta vida. Las enfermedades infecciosas , por falta de vacunas e higiene deficiente, casi todos los niños las padecían. Sarampión, varicela… eran las más frecuentes. Pero también, la entonces temible tuberculosis. Otras enfermedades no tenían un diagnóstico cierto. Le dio “ un telele”o el “cólico miserere”, para decir, entre otras, la causa de su muerte. Eran los tiempos de la difícil postguerra, tiempos de hambre y miseria. Las enfermedades infecciosas: gripe, bronquitis, anginas, sarampión, varicela, tifus, tuberculosis, etc., atacaban de modo especial a la infancia. Entonces, no existía la seguridad social, ni carretera, ni centros hospitalarios de urgencia, ni ambulancias, como hay ahora. Por tanto, si tenías la desgracia de caer enfermo, tenías que pagar la consulta médica y los medicamentos. Pero como la economía de casi todas las familias no daba para tanto, o tus defensas naturales acababan con la enfermedad o la enfermedad acababa contigo, lo que sucedía con bastante frecuencia. Ciertamente, existían remedios caseros, a base de hierbas y otras pócimas, que, a veces, ayudaban a recuperar la salud perdida; pero, otras veces, este remedio no era suficiente y el enfermo moría sin remedio.

Yo, en mi infancia, como los demás niños del pueblo, como los demás niños de la comarca, quizás, como todos los niños de España, estuve, en numerosas ocasiones, enfermo. Tuve el sarampión, la varicela, anginas, gripe, bronquitis…Las ayudas caseras, el médico y los medicamentos y mi propia naturaleza siempre salieron triunfantes, pero, en cierta ocasión, estuve en los umbrales de la muerte, muy cerca del más alla..

Tendría yo unos cinco años cuando unas anginas, combinadas con una fuerte bronquitis, me mantuvieron encamado bastantes días. La sed me abrasaba. Mi cuerpo ardía como la yesca. La fiebre que daba luz y lumbre a los ojos: subía y subía y no dejaba de subir. 38, 39, 40 , 41 grados marcaba el termómetro. Mis ojos parecían dormidos y sólo se despertaban de tarde en tarde, pero era entonces para chispear llamaradas de fuego; mi cara de color ceniciento, pálida como la cera quemaba como las brasas; mi respiración era entrecortada; el aire salía de mis pulmones, por la estrecha garganta, con mucha dificultad, produciendo un silbido agónico. Mis padres lloraban desconsolados. Al segundo de sus hijos le acechaba la muerte. Creyeron que había llegado el fatídico momento final de mi corta existencia. Yo apenas era consciente de lo que me pasaba. Estaba casi inconsciente, adormilado, como drogado. Percibía vagamente las voces, lamentos y desconsuelo de mis padres y, algo así, como este hijo se nos va, este hijo se nos muere.

Mi padre pensó que había que avisar rápidamente al médico que vivía en A Rúa, a unos seis km. del pueblo. Pero la noche se echaba encima y, en aquel día del mes de febrero, llovía y soplaba el gélido viento con la fuerza del huracán. Mis padres se consultaron con los ojos, se miraron misteriosamente, con una de esas escudriñadoras miradas que desnudan el alma. Con el lenguaje invisible del alma se decían que su hijo estaba en grave peligro, que había que actuar con decisión y prontitud. No queriendo ausentarse de mi lado, pensaron que un vecino hiciera de mensajero ante el médico que se llamaba D. José Quiroga, familiarmente D. Pepito.

El médico tendría que subir al pueblo en aquella noche de lobos, en aquella noche infernal, transitando por oscuros y rústicos caminos, llenos de piedras, maleza, agua y barro, solamente ayudado por una linterna y un farol que llevaría el mensajero y que apenas disipaba las tinieblas en un espacio muy reducido. Habría que llevarle una caballería para que pudiera llegar con más comodidad, prontitud y facilidad, dentro de aquella situación extrema. Difícil era ejercer, en aquellos pueblos de entonces, la profesión de médico. Sin embargo, los médicos de entonces lo hacían con una entrega tal que causaba admiración y respeto. Cuando el médico llegaba a la casa del enfermo éste, como el náufrago en medio de un océano violento, salvaje y embravecido, ve su salvación en una balsa que flota a la deriva, veía en el médico su tabla de salvación. Él le ayudaría a curarse con las medicinas que le recetaría y además con la conversación balsámica, de consuelo y esperanza que mantendría con él. Aquellos médicos de familia, de entrañas humanitarias, curaban tanto con las melosas palabras como con los medicamentos que recetaban.

El cerebro de mis padres era como un torbellino. Por ellos volaban los pensamientos y sentimientos sin poder contenerlos. Se mezclaban en su cabeza, sumiéndoles en un abismo de pesimistas y desesperadas reflexiones.

Mi estado parecía agravarse por momentos. Mis padres pronto se dieron cuenta de que el médico podría llegar demasiado tarde. Había que intentar encontrar otra solución, otra salida, más rápida y eficaz.

Como católicos practicantes pensaron también que habría que llamar al cura para que me administrase los últimos sacramentos y me preparase para hacer el último viaje, el viaje definitivo, el viaje que no tiene retorno y del cual jamás se regresa..

Era necesario ganar minutos, segundos, quizás de ello dependiera la vida de su hijo. Así que tomaron la decisión de desafiar las inclemencias del tiempo y poner a prueba la resistencia física de sus cuerpos, sacar fuerzas de donde y hasta donde fuera necesario para trasladarme rápidamente hasta la casa del médico. Me cogieron en brazos, bien arropado con mantas y abrigo, dejándome sólo descubierta la boca y la nariz, y decidieron ponerse en camino, en aquella fría y oscura noche.

El trayecto, en aquellas adversas circunstancias, resultaba penoso y difícil. Uno me llevaba en brazos, mientras el otro, con la linterna y el farol, pretendía luchar con las tinieblas, deshacer la oscuridad de aquella horrible noche. A cada rato, intercambiaban los papeles. Todo se hacía con la velocidad del rayo. Cada segundo contaba y contaba mucho. Su hijo Toño estaba en los umbrales de la muerte. Un vecino les acompañaba, con una caballería, por si fuera necesario usar de sus servicios.

Cuando llevaban caminando la mitad del trayecto, mi estado parecía agravarse todavía más. Apenas respiraba, me ahogaba. Tenía unos temblores que no auguraban nada bueno Mi padre pronunció la terrible palabra: Angelita, lo que tiene el chico es el garrotillo, lo que significaba, en el lenguaje del pueblo, muerte inminente por asfixia. Pero debemos seguir, decían con voz entrecortada, tristes hasta la muerte, ahogándose entre lágrimas heladas. Un escalofrío, acerado como un puñal, le atravesaba el pecho de un modo fulminante En su cara y en sus ojos el temor los delataba. Pero ellos no perdían la esperanza, había que seguir, luchar por el hijo, hasta el último momento. Pidieron a Dios y a la Virgen y a todos los santos ayuda en aquellas trágicas circunstancias.

Cuando llegaron a la capital del municipio, Petín, informaron del motivo de su presencia allí, a aquellas horas de la noche, a la tía Antonia que vivía en el Puente, en una casa grande, situada en la carretera nacional Ponferrada - Orense. La tía Antonia era una excelente persona, bondadosa donde las haya, con un corazón tan grande como un océano, sensible, sentimental. Se sumó a la preocupación de mis padres y, con entrecortados sollozos y abundantes lágrimas en sus ojos, suplicaba al cielo por mi salud ; pedía a todos los santos y a la Virgen que alejaran de mí la muerte, que era muy joven y, además, muy guapo…

Cruzaron el puente romano de A Cigarrosa, sobre el río Sil, sin darse cuenta de que lo cruzaban. Avanzaron, con toda la prisa y decisión de que eran capaces, por la carretera que conduce a la villa de A Rúa, distante de Petín escasamente un km. Llamaron nerviosos a la puerta de la casa del médico, Don Pepito. Por una vez, la suerte les favoreció: el médico estaba en su casa, no estaba de visita en otros pueblos de la comarca que, con frecuencia, visitaba cuando era requerido.

El médico me examinó rápida y detenidamente. Comprobó que mi fiebre rozaba los cuarenta y un grados, que mi cuerpo literalmente ardía, que las anginas blanquecinas apenas dejaban pasar un fino hilo de aire por mi garganta, que mi pulso estaba desbocado y mi corazón latía frenéticamente. El cuadro lo completaba unos bronquios atascados que rugían de una forma extraña cuando el aire, con grandísimo esfuerzo, pretendía entrar o salir de los pulmones.

El diagnóstico estaba claro: padecía una bronquitis aguda, acompañada de difteria grave. Mi estado era extremadamente serio y el desenlace podía ocurrir en cualquier momento. Todo dependía de mi vitalidad y de como reaccionara a los medicamentos. Allí mismo, en su despacho, me puso una inyección. Me colocó un parche en el pecho, de esos que decían curaban la bronquitis, y me hizo, con mucho esfuerzo y después de muchos intentos, pues mi garganta estaba casi cerrada, tomar una aspirina medio disuelta en un vaso de agua para bajar un poco la fiebre. Amargaba como el veneno.

Me recetó una caja de inyecciones, que mi padre compró en la única farmacia que había en A Rúa. Debía ponerme una inyección cada doce horas. Lo que pudiera sucederme era incierto. El médico, D. Pepito, prometió a mis padres que iría al pueblo a verme antes de cuarenta y ocho horas, que siguieran estrictamente lo que les había mandado y que si había alguna novedad que le avisaran inmediatamente.

El regreso al pueblo, en aquella noche de perros y lobos, se hizo con resignación y esperanza. Habían hecho por mí todo lo que humanamente era posible hacer en aquellas circunstancias. El desenlace quedaba, ahora, en las manos del buen Dios, en el poder de las medicinas y en mi fortaleza y ganas de vivir.

La aspirina bajó un poco mi fiebre, pero los temblores agónicos seguían. En aquella larga, larguísima noche, la enfermedad pasó por varias alternativas. Unas veces parecía que remitía y me encontraba más tranquilo, pero otras, arreciaba y yo empeoraba. Hacia el amanecer me quedé dormido o adormilado, momento que mi padre aprovechó para, aún siendo de noche, ir a casa de un vecino llamado Benjamín para que antes de que se marchara a trabajar a los campos, fuera a ponerme una inyección. Benjamín no era practicante, ni había realizado ningún estudio de medicina, ni su cultura iba más allá de la primaria. Pero Benjamín había hecho el servicio militar como ayudante de enfermería y había aprendido a poner inyecciones.

En el pueblo no había practicante, ni otra persona que entendiera de poner inyecciones. Benjamín, un hombre bueno, rústico y honrado campesino, con el rostro curtido y surcado por los elementos atmosféricos, las manos encallecidas por el duro trabajo agrícola, era la única persona, en muchos kilómetros a la redonda, a quien acudir para este menester.

Benjamín tenía una cajita metálica en la que guardaba los instrumentos para poner las inyecciones. Al llegar a la casa del enfermo, pedía un cazo o una olla pequeña. Introducía allí la aguja, la llenaba de agua y la dejaba hervir durante un rato. Otras veces, simplemente la mojaba en alcohol. Después, con unas pinzas, sacaba la aguja del agua, rompía, con un golpe seco, la ampolla donde estaba el líquido inyectable, con un poco de algodón mojado en alcohol o en aguardiente, cuando no había alcohol, restregaba la piel del lugar donde iba a clavar la aguja y con su enérgica mano derecha la introducía decidido en el cuerpo del enfermo que, las más de las veces, gritaba como un condenado a muerte o apretaba los dientes hasta rechinar.

Me puso la inyección y yo grité, desesperadamente, al sentir, aún en mi estado agónico, el dolor que la banderilla producía al introducirse en mi cuerpo ya de por sí bastante dolorido. Tales debieron ser mis quejidos que hasta los más duros de corazón se hubieran enternecido

D. Pepito, el médico, fiel a su promesa, dos días después, subió, andando por aquellos rústicos caminos, en un día frío como el hielo, pero sin lluvia, desde A Rúa hasta San Miguel de Mones, para observar mi estado de salud. Comprobó que la fiebre había descendido hasta los treinta y ocho grados, que respiraba un poco mejor y que mis bronquios parecían ablandarse a temor de los “ ruxidos” que emitían. Su recomendación fue seguir con el tratamiento, al menos, durante ocho días.

Mis padres pasaron de un estado transidos por el temor a otro más tranquilo, sosegado y de fundada esperanza. Elevaron los ojos al cielo y dieron gracias a Dios porque, todo parecía indicar, que me había salvado de una muerte que hubiera sido prematura; porque yo, su hijo, fui rescatado de las garras de la muerte para una vida que podía estar preñada de esperanzas.

Pasados unos días, el color volvió a mis mejillas, el brillo a mi mirada y la sonrisa a mis labios. Mi fortaleza, los medicamentos y la gracia de Dios produjeron el milagro. La muerte, en esta ocasión, fue derrotada. Tendría que esperar, ojalá, que por muchos años.

El impacto de esta enfermedad, en mi todavía virgen mente infantil quedó grabado de forma indeleble. A pesar del tiempo pasado, mi memoria me es fiel y no tengo que hacer grandes esfuerzos para que aquellos acontecimientos acudan a mi, con puntualidad. El recuerdo de aquella lejana enfermedad me acompañó toda mi vida, como un amigo fiel, como la sombra que sigue al cuerpo.

ENTREVISTA A ANTONIO


1. Cómo era el Mones de tu infancia, de tu juventud.

R.-Era muy diferente a lo que es hoy. Se ha mejorado en muchas cosas, pero también se han perdido otras que eran muy importantes.

Las calles no estaban asfaltadas, no había alcantarillado ni acequias definidas para conducir el agua, por tanto, con el trasiego de personas y animales, en invierno, existían muchos barrizales. La gente se defendía calzando “ galochas” y “ madrueñas”.

Todo el trabajo de huertas, prados y viñedos se hacía a mano, con azadas, hoces, guadañas...
La gente vivía de lo que producía el campo. Los jornales eran muy escasos: eran los años de la postguerra, de muchas carencias y necesidades. En estas circunstancias, la gente, cuando pudo, emigró a otros países de Europa: Francia, Alemania, Holanda, Bélgica... Empezaba la decadencia del pueblo.

En un principio no había luz eléctrica. Nos alumbrábamos con candil y candelexa. No había carretera, ni radio, ni teléfono, ni televisión, ni lavadoras, ni gas butano, ni agua corriente en las casas, ni alcantarillado..

Pero también existían muchas cosas positivas: sobretodo, había, en el pueblo, vida, mucha vida, mucha juventud. El pueblo tenía casi 500 habitantes. Nacían muchos niños/as, y las dos escuelas: una de niños y otra de niñas, se llenaban de estudiantes. En Mones todo era vitalidad, bullicio, gestes que iban y venían del trabajo; muchos animales: dos biceiras y tres rebaños particulares de cabras y ovejas; bueyes, burros y caballos. Todas las casas criaban cerdos y gallinas y, bastantes, también conejos.
Cada año se casaban varias mozos/as y había varios bautizos.
Los domingos y días festivos, el camino de Airoa se poblaba de mozos y mozas que paseaban, charlaban, se divertían y se enamoraban. ¿ Qué cuadro tan bello y pintoresco!

Las mujeres lavaban la ropa en las fuentes, pero también charlaban y se divertían contando cuentos, chistes y chascarrillos: las fuentes eran como un foro cultural.

Los mozos, por las noches, iban de bodegas y cantaban serenatas a las mozas que dormían tranquilamente en sus camas.

Las fiestas patronales, a las que concurrían mucha gente de los pueblos del entorno, se celebraban como un gran acontecimiento y se disfrutaba a tope.

También, mozos y mozas, iban a las fiestas de todos los pueblos del entorno.

En las cocinas de leña, en los largos inviernos, la familia se reunía entorno al fuego y se hablaba, charlaba, se dormitaba, se planificaba el trabajo del día siguiente y se trasmitían costumbres y tradiciones a los más jóvenes. Los hogares eran una auténtica escuela de convivencia y de cultura. Los lazos familiares eran muy fuertes.

En las cantinas, que siempre hubo, los mozos y casados jugaban a las cartas y se divertían.

En O Mato se jugaba a los Bolos, se apostaba dinero y se vivía el juego con la misma pasión que hoy se vive el fútbol. Había grandes partidas y excelentes jugadores, como Ramón, uno de los mejores. También se jugaba a las “ Chapas” .Los más jóvenes jugaban a la billarda, al peón y a “ cocha”. Las mujeres casadas, sobretodo, jugaban a las bolinchas.



2.- Qué es lo que más echas en falta de esos tiempos pasados

R.- Sin duda, la poca gente que hay en el pueblo. Si no cambiamos, entre todos, la tendencia, el pueblo corre el riesgo de llegar a desaparecer, en pocos años. Desde aquí, lanzo un grito de auxilio, de socorro desgarrado: “NO QUEREMOS DESAPARECER COMO PUEBLO”. ¡ “MONES ES MI TIERRA, LA TIERRA DE MIS ANTEPASADOS, LUCHEMOS POR ELLA”!

3. Cuál fue la travesura mayor que recuerdas de tu infancia

R.- La juventud de entones era, especialmente, tranquila; respectaba mucho a los padres, abuelos y personas mayores. No existían muchas travesuras, pero, también, las había. Yo recuerdo que mis padres me dejaron al cuidado de un hermano menor que estaba enfermo. Tenía que tomar un jarabe, que era muy dulce, en horas determinadas. Lloraba mucho, y para que se callara le daba continuamente cucharadas de jarabe, sin tener en cuenta el horario. ¡ Menos mal que lo devolvió todo!


4. Cuáles fueron los trabajos más penosos que tuviste que realizar

R.- Parte de nuestra familia vivía a caballo entre Mones y Santaolaia. Los duros trabajos agrícolas de Santaolaia, como cavar las huertas y arar las tierras, pastorear el ganado, coger las castañas..., los realizábamos , algunas veces, solos. Éramos muy jóvenes y sentíamos la soledad hasta los mismos tuétanos En estas circunstancias, trabajar en Santaolai, resultaba, especialmente, penoso.

Penosas, también eran, los primeros días de las vacaciones. Estudiaba en Orense, pero las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano ( Del 15 de mayo al 15 de octubre) trabajaba, en todas las faenas del campo, como cualquier otro vecino. Los primeros días, por estar desacostumbrado, los dolores de espalda eran espantosos; as ampollas que se formaban en las manos, mientras no se encallecían, eran muy molestas y dolorosas; pero pasada una semana, uno más, como cualquier otro vecino.

Especialmente, penosa, era la vendimia de Balbarrán. Cargar con el cesto lleno de uvas, desde Balbarrán hasta Mones, era trabajo muy fatigoso. También, aunque menos, desde a Senra y O Coto.


5. Cuéntanos algún episodio en el que hayas pasado miedo.

R.- Podría citar muchos, pero sólo señalaré alguno: cuando estando de pastor en Filgueiras,
( prado de Santaolaia), un buey malo estuvo a punto de empitonarme; noches solitarias en la casa de Santaolaia; dormido, hasta la noche bien cerrada, en el prado comunal de As Seixas, pastoreando el ganado; en el mes de diciembre, de noche cerrada, subí, una vez, desde A Rúa a Mones, por a Senra entre zarzales y viñedos; el miedo me aterrorizaba.


6. Cómo era la juventud de tu época

R.- Era una juventud numerosa, sana, trabajadora, fuerte y vigorosa. Tenía mucho empuje y disfrutaba con las cosas sencillas. Bellas, esbeltas y hermosas mozas, orgullo del pueblo; mozos amables y corteses.

7.- ¿Fuiste a muchas fiestas?, ¿qué recuerdos te traen las de la Virgen del Rosario?

R.- Fui, como todos los mozos de entonces, a las fiestas de los pueblos del entorno: O Seixo, Petín, A Portela, A Rúa, Sampaio, Santa María, Carballal, Santaolaia, y de romería, As Ermitas.

Las fiestas de la Virgen del Rosario, me recuerdan los tiempos, ya lejanos, de mi infancia. Las vivía con mucha intensidad. Casi puedo decir que, con mucho tiempo de antelación, las esperaba con enorme pasión e interés. Aquellas orquestas, cuando iban de alborada por las calles del pueblo, para mí, era algo delicioso, muy emotivo y mágico. La misa a las doce y el baile en la era me transportaban a otras regiones, casi celestiales.
¡ Cuanta gente, del pueblo y foránea, había en las fiestas! Cómo sonaba la trompeta, el clarinete y el saxofón! ¡Qué pasodobles tan hermosos entonaban! ¡ Cuanta belleza la de las mozas de mi infancia!

8.- Qué canciones recuerdas de tu infancia, juventud

R.- Entonces, estaban de moda, entre otros, : Antonio Molina, “ Soy Minero”; Juanito Valderrama, “El Emigrante”; Pepe Blanco, “Morena, hay mi Morena”, “ Sombrero, hay mi Sombrero”; Juanita Reina, “Francisco Alegre”; Estrellita Castro, “Mi Jaca”; Imperio Argentina, “Antonio Vargas Heredia”, etc., Todas estas canciones, y otras muchas más, las cantaban los mozos del pueblo y, ¡ Qué bien las cantaban!


9.- Qué tipo de juegos se practicaban entonces

R.- Los hombres, especialmente: cartas, bolos, chapas y billarda..
Las mujeres: bolinchas y cartas.
Los jóvenes: Peón, marro, escondite, aro, billarda, cocha.


10.- ¿Faltaste mucho a la escuela?

R.- Igual que los demás niños del pueblo. Había que ayudar a los padres en las faenas del campo: pastorear el ganado, regar, atender a los hermanos menores..., en consecuencia, algunas veces, no pude ir a la escuela.


11.-Quién era el alumno/s más aventajado/s

R.- De los de mi edad, todos éramos por el estilo. Pero recuerdo, que se decía, que Pedro Barjacoba, José Silva, Laurelito y otros eran alumnos muy aventajados; pero eran mayores que yo.

12.- Qué persona/s dejaron huella en ti
R.- Fundamentalmente, mi padre y mi madre, pero también otras personas del pueblo cono: Sr. Rogelio, Sr. Darío Barjacoba, Sra. Dorinda, Ramón, Sr. Tomás, Sr. Benjamín, Sra. Rogelia y otras muchas más.


13.- ¿Anduviste mucho de bodegas y de serenatas?

R. Muy poco, aunque siento no haber participado más.

14.- En una ocasión fuiste miembro de la Comisión de la fiesta Virgen del Rosario, ¿qué recuerdas de ella?

R.- No recuerdo este evento. Me atrevo a decir que no lo he sido nunca.

15.- Todos tuvimos un primer amor, ¿háblanos del tuyo?

R. Yo no era un chico diferente a los demás del pueblo, quizás un poco tímido para expresar mis sentimientos amorosos, pero no era insensible a estas inquietudes de los jóvenes. Sentía admiración por algunas de las mozas del pueblo, porque eran muy hermosas en lo físico y tenían un alma limpia, transparente , profunda y muy espiritual.

16.- Qué recuerdos te traen las Navidades, Semana Santa, Virgen de Fátima

R. Las Navidades, excepto los actos litúrgicos que se celebraban en la Iglesia, no eran, desde mi punto de vista, algo muy destacado en Mones. El día de Navidad, Año Nuevo y Reyes se hacía una comida especial: patatas con chorizos, androllas y pigureiro era lo más frecuente. Hoy esta comida puede parecer vulgar, pero, entonces, era un auténtico manjar.
Recuerdo que, el día 5 de enero, los chicos íbamos a las casas de los vecinos a cantar para que nos dieran el aguinaldo que solía ser un chorizo o alguna moneda. A las niñas se le regaba muñecas de trapo hechas por las madres.

La Semana Santa era todo un acontecimiento. Algo semejante, sólo semejante, a la de ahora. Había mucha gente en las procesiones, porque había muchos habitantes en el pueblo, pero también acudían gestes de los pueblos vecinos. Los cantos de la Semana Santa de Mones, entonados por todo el pueblo, siempre fueron muy sentimentales y con un acento desgarrador. Llegan a lo más profundo del alma y allí promueven una revolución en las conciencias.

El cura traía un fraile que predicaba, durante una semana, en la Iglesia, al atardecer. Los sermones se referían a la pasión y muerte del Señor, pero también al pecado y a las penas del infierno. La iglesia se llenaba completamente de gente. El sermón más importante tenía lugar en O Mato, el día de Jueves Santo El público llenaba todo el espacio; el fraile salía a un balcón de la Casa Rectoral y pronunciaba, con enérgicas palabras y gestos contundentes, un sermón desgarrador que hacía llorar hasta a las piedras.
La celebración del día de la Virgen de Fátima fue algo posterior.

17.- Qué te animó a escribir varios libros sobre Mones

R. En la presentación del libro de “ San Miguel de Mones: Historia, Costumbres y Tradiciones, en A Rúa, las he explicado. Haré un resumen.
1.- Para que las futuras generaciones del pueblo tengan constancia escrita de la Historia, Costumbres y Tradiciones de su pueblo. Para que, si lo desean, puedan revivir el pasado de sus mayores.
2.- Que comprendan que la historia de sus antepasados, forma parte de su propia historia, que se aprovechen de su experiencia para manejar con mayor soltura los problemas actuales, que no le nieguen la parte de razón que tuvieron, que aprendan de sus aciertos y también de sus errores.
3.- Quise hacer un canto de alabanza a la belleza de nuestra tierra, a la tierra de nuestros padres, a la tierra que nos ha visto nacer y crecer, a su historia, a la riqueza de sus costumbres y tradiciones, tratando de animar a las actuales y futuras generaciones a conocerlas, amarlas y respetarlas y lograr que las conozcan , amen y respeten todos como algo muy valioso y querido de nuestro patrimonio cultural.
4.- De alguna manera, saldar una deuda moral con mi pueblo, pues en sus escenarios viví los ya lejanos años de mi infancia y juventud. Aprendí y gocé de sus bellezas y de sus gentes que, en buena medida, forjaron mi espíritu y troquelaron mi alma. Se convirtieron en parte esencial de mi ser y, por tanto, fueron sustantivos en los acontecimientos de la historia de mi vida.

18.- En tu opinión, qué se podría hacer para desactivar la sangría poblacional de Mones

R. Todos tendríamos que poner mucha imaginación y voluntad. Yo voy a sugerir algunas iniciativas, pero seguro que los Amigos de Mones tendrán muchas más y mejores: resaltar los valores de nuestra historia, costumbres y tradiciones, creo que siempre será positivo. Pero tenemos que proyectarnos, también, hacia el futuro. Para ello hace falta imaginación y voluntad firme de llevar a cabo nuestros proyectos. Saber vender bien, en primer lugar, nuestros valores, lo que ya tenemos ahora: potenciar nuestras fiestas patronales y la Semana Santa; señalar la tranquilidad del pueblo, ideal para descansar y recuperarse del nerviosismo y estrés de la ciudad; respirar aires puros; gozar de vistas panorámicas increíbles, de las aguas frescas y deliciosas brisas; de las gentes amables; de la abundancia de paseos y excursiones ( senderismo) por lugares de singular belleza y máximo atractivo, no sólo en el próximo entorno, sino también en entornos un poco más alejados, pero que pueden hacerse con facilidad, andando o en coche, desde Mones: Ermitas, Prada, Montefurado, embalses del Sil, As Médulas, Cabeza de Manzaneda, O Barco...Resaltar la riqueza de la caza de nuestros montes, tierras y viñedos; pesca, en los embalses cercanos; parapente, desde las alturas de: A Pedralta, A Pena, Cabeza do Pau...; rutas a caballo; excavaciones arqueológicas en O Castrillón; recogida colectiva de castañas y vendimia, terminando con la fiesta del Magosto y la fiesta de la Vendimia ( para gente de la ciudad sería muy atractivo y hasta lo pagarían bien); potenciar al máximo el turismo rural, tan de moda actualmente, alquilando o vendiendo alguna casa. Crear un museo etnográfico ( instrumentos y herramientas agrícolas, vestidos y calzados típicos de los pastores y gentes de la época, sistemas de alumbramiento: candil y candelexa, carburo; industria de la fabricación antigua del vino..., exposición de fotografías: sólo haría falta una casa. Sin duda, la gente se animaría a visitar un museo tan singular, aprovechando estas visitas se podían vender, a los visitantes, los productos de nuestra tierra y ofrecer, en gastronomía, la comida típica de Mones, la que no se encuentra en otro lugar: caldo gallego, como antes se hacía en Mones, cachelos con chorizos, androllas y pigureiro; empanada de carne, chorizo, cebolla, etc., como la hacían nuestras madres y abuelas, todo ello bien regado con el vino de las bodegas de Mones y una copa de aguardiente de nuestros alambiques. Tal vez, esto podría ser un buen negocio.
Crear una Asociación “ AMIGOS DE MONES” que canalice y de vida a las iniciativas en las que todos pueden y deben participar.
Trabajar para que las Instituciones: locales, provinciales y nacionales se impliquen en el proyecto de conservación y remodelación de los pueblos rurales en vías de extinción. Hacer en Campelo, o en otro lugar, una piscina pública. Para que se anime la juventud y decida veranear en Mones.

Publicar todas las iniciativas en: radio, prensa, televisión, páginas Web, blogs, youtube... En este sentido, en mi blog: articulosycultura.blogspot.com estoy trabajando sobre las rutas que pueden hacerse desde Mones y en youtube: cabelleromones, he colocado varios vídeos referentes a Mones, próximamente, espero subir una canción dedicada a Mones.
19.- Crees que en un futuro próximo pasará Mones a formar parte de los llamados pueblos fantasma.

R. Si no se toman medidas desde ya, pudiera suceder.
20.- Qué opinión te merece la web de Mones

R.- Me parece una idea excelente; un medio idóneo para unir a todos los amantes de Mones, intercambiar experiencias, compartir iniciativas y proyectos; dar a conocer
















nuestra historia, costumbres y tradiciones, etc,. Adelante, Francisco, sé que lo lograrás, con la ayuda de todos.